DIBUJANDO POR EL MUNDO

'(...) ante mí desfilaba un tesoro de ciudades y edificios como ningún ojo humano ha podido contemplar jamás, salvo, tal vez, en las acumulaciones de nubes.' T. de Quincey

Detrás de una fachada barroca, cruzando el gran atrio que protege del solsticio de verano; después de una nave donde brillan la riqueza rendida y el mármol; girando hacia el extremo sombrío del ábside; bajo un peldaño frío, insuficiente y mudo, descansa Gian Lorenzo Bernini. Esto es Roma.

Pocos lugares soportan tanto peso a sus espaldas; pocos lo expresan con tanta franqueza. Las calles de la ciudad almacenan retazos como siglos. Algunos se aprecian espontáneamente, como llagas de un cuerpo a cielo abierto, sucias y sangrantes, sin imposturas de estilo ni maquillaje de morgue. Otros se extienden hacia adentro, enraízan en la historia recorriendo pasadizos, túneles en la tierra y sótanos bajo los sótanos.

El momento en que el sol desaparece calles adentro es el mejor para merodear sin mérito, durante horas. Pantheon, Basílica de Magencio, Palatino, café Canova, San Ignazio, Quirinal, el Pinzio, vía Apia… Cada uno es una entrada a un mundo cimentado en el tiempo, su baluarte imperecedero, en lucha constante contra el desgaste contingente. Cada uno es un eco milenario que denuncia la cutrez errática y cortoplacista. Grita desde las colinas, retumba contra las ruinas, se esparce entre las sombras y recuerda: sabiduría y genio; injusticia y mérito; gritos bajo las llamas, rugidos sobre la arena; la multitud sanguinaria y desatada; la corrupción, la pequeñez y la grandeza. Ensancharse y estrecharse son movimientos de un segundo. Todos están grabados en este gran músculo glaciar. Todos se derrumbaron cuando llegado el momento eran demasiados para sostenerse en pie, dejando para la historia un testimonio a salvo de ideologías, aprendido de la gloria y la derrota.

La ciudad sigue su curso. Entro en un café y subo al primer piso. Allí quedan los restos de una fiesta que acabó años atrás, dejando manteles verdes, sofás raídos y un piano de cola negro con tapete rojo. La densidad ya pesa mucho. Será mejor salir a las afueras y descansar, lejos de esta urbe que brilla como una vida entera, como una historia deshilachada y explosiva, como estos recuerdos que me llevan hasta ella desde miles de kilómetros de distancia. Luis Ausín

Detrás de una fachada barroca, cruzando el gran atrio que protege del solsticio de verano; después de una nave donde brillan la riqueza rendida y el mármol; girando hacia el extremo sombrío del ábside; bajo un peldaño frío, insuficiente y mudo, descansa Gian Lorenzo Bernini. Esto es Roma.


Pocos lugares soportan tanto peso a sus espaldas; pocos lo expresan con tanta franqueza. Las calles de la ciudad almacenan retazos como siglos. Algunos se aprecian espontáneamente, como llagas de un cuerpo a cielo abierto, sucias y sangrantes, sin imposturas de estilo ni maquillaje de morgue. Otros se extienden hacia adentro, enraízan en la historia recorriendo pasadizos, túneles en la tierra y sótanos bajo los sótanos.


El momento en que el sol desaparece calles adentro es el mejor para merodear sin mérito, durante horas. Pantheon, Basílica de Magencio, Palatino, café Canova, San Ignazio, Quirinal, el Pinzio, vía Apia… Cada uno es una entrada a un mundo cimentado en el tiempo, su baluarte imperecedero, en lucha constante contra el desgaste contingente. Cada uno es un eco milenario que denuncia la cutrez errática y cortoplacista. Grita desde las colinas, retumba contra las ruinas, se esparce entre las sombras y recuerda: sabiduría y genio; injusticia y mérito; gritos bajo las llamas, rugidos sobre la arena; la multitud sanguinaria y desatada; la corrupción, la pequeñez y la grandeza. Ensancharse y estrecharse son movimientos de un segundo. Todos están grabados en este gran músculo glaciar. Todos se derrumbaron cuando llegado el momento eran demasiados para sostenerse en pie, dejando para la historia un testimonio a salvo de ideologías, aprendido de la gloria y la derrota.


La ciudad sigue su curso. Entro en un café y subo al primer piso. Allí quedan los restos de una fiesta que acabó años atrás, dejando manteles verdes, sofás raídos y un piano de cola negro con tapete rojo. La densidad ya pesa mucho. Será mejor salir a las afueras y descansar, lejos de esta urbe que brilla como una vida entera, como una historia deshilachada y explosiva, como estos recuerdos que me llevan hasta ella desde miles de kilómetros de distancia. Luis Ausín

Île de la Cité desde el puente de la Tournelle, París

Île de la Cité desde el puente de la Tournelle, París

Sentado en la terraza de un Pans&Company, justo debajo de la casa Batlló de Gaudí, es un lugar cómodo para dibujar con calma las protuberancias de esta fachada que recuerda a un fósil marino sacado de las profundidades del mar y colocado en mitad de Barcelona.

Sentado en la terraza de un Pans&Company, justo debajo de la casa Batlló de Gaudí, es un lugar cómodo para dibujar con calma las protuberancias de esta fachada que recuerda a un fósil marino sacado de las profundidades del mar y colocado en mitad de Barcelona.

Primero de mayo en los alrededores del Café Iruña de Bilbao.

Primero de mayo en los alrededores del Café Iruña de Bilbao.

Acabas de comer. Es invierno y, en Londres, la oscuridad sólo es cuestión de un café y un cigarro; mientras lo apagas, en la salida de la estación Bank, la gente y los coches se arremolinan ruidosamente huyendo de los mecanos de cristal que invaden la City.
Pero tus pasos marcan la bajada hacia St Paul y, en el trayecto, todo eso se desvanece. El silencio se vuelve árido, una sensación que se acentúa al llegar junto a la nave de la catedral tan hermética como sobreiluminada. Sin rumbo claro y con cierta desorientación, decides avanzar contra el viento, que llega con fuerza desde la izquierda. En esa dirección se divisa un nuevo hito: una torre alta y esbelta recortada como una sombra. Mientras avanzas, el Millennium Bridge confirma la ruta elevándose sobre el Támesis a través de la muralla de edificios que blinda la orilla. Frente a ti puedes reconocer ya esa torre que muestra un edificio imponente: la Tate Modern Gallery, antigua Bankside Power Station. Fue levantada hace seis décadas como una central de energía destinada a regenerar una zona muy castigada en la segunda guerra mundial; pero el aumento del precio del petróleo apagó sus máquinas apenas treinta años después. Ahora, en lo alto de su chimenea de noventa y nueve metros, resplandece una luz azul tenue que parece recordar su pasado industrial.
Caminando junto al edificio, en el flanco del río, una flecha te dirige por un acceso desdibujado y angosto, sin puertas ni tornos. La bestia te engulle y empieza el espectáculo. Tras unos metros se abre un inmenso vacío vertical, dominado por el eco de un zumbido eléctrico. Un lugar creador e incompleto. La oportunidad de lo grandioso inacabado. Ves personas que observan, sentadas en círculo, caminando sobre el mar de cien millones de semillas de girasol de Weiwei o danzando bajo el sol de Olafur Eliasson. Te tumbas en el suelo. Ahora sólo hay penumbra y silencio, y el espacio se extiende por dentro. Piensas que quizá Sir Giles Gilbert Scott construyó su mejor catedral entre los muros de la sala de turbinas de esta central. Continúas con la visita: escaleras mecánicas, salas interactivas, exposiciones, Joseph Beuys, Umberto Boccioni… Y, al final, un ascensor: última planta. Al salir, Londres brilla al otro lado del cristal, como un espejismo en la noche. El edificio te devuelve la imagen de una ciudad que dejó atrás hace tiempo: el Támesis, la cúpula de Christopher Wren, un mar de gigantes de luz, piedra y cristal.

Acabas de comer. Es invierno y, en Londres, la oscuridad sólo es cuestión de un café y un cigarro; mientras lo apagas, en la salida de la estación Bank, la gente y los coches se arremolinan ruidosamente huyendo de los mecanos de cristal que invaden la City.

Pero tus pasos marcan la bajada hacia St Paul y, en el trayecto, todo eso se desvanece. El silencio se vuelve árido, una sensación que se acentúa al llegar junto a la nave de la catedral tan hermética como sobreiluminada. Sin rumbo claro y con cierta desorientación, decides avanzar contra el viento, que llega con fuerza desde la izquierda. En esa dirección se divisa un nuevo hito: una torre alta y esbelta recortada como una sombra. Mientras avanzas, el Millennium Bridge confirma la ruta elevándose sobre el Támesis a través de la muralla de edificios que blinda la orilla. Frente a ti puedes reconocer ya esa torre que muestra un edificio imponente: la Tate Modern Gallery, antigua Bankside Power Station. Fue levantada hace seis décadas como una central de energía destinada a regenerar una zona muy castigada en la segunda guerra mundial; pero el aumento del precio del petróleo apagó sus máquinas apenas treinta años después. Ahora, en lo alto de su chimenea de noventa y nueve metros, resplandece una luz azul tenue que parece recordar su pasado industrial.

Caminando junto al edificio, en el flanco del río, una flecha te dirige por un acceso desdibujado y angosto, sin puertas ni tornos. La bestia te engulle y empieza el espectáculo. Tras unos metros se abre un inmenso vacío vertical, dominado por el eco de un zumbido eléctrico. Un lugar creador e incompleto. La oportunidad de lo grandioso inacabado. Ves personas que observan, sentadas en círculo, caminando sobre el mar de cien millones de semillas de girasol de Weiwei o danzando bajo el sol de Olafur Eliasson. Te tumbas en el suelo. Ahora sólo hay penumbra y silencio, y el espacio se extiende por dentro. Piensas que quizá Sir Giles Gilbert Scott construyó su mejor catedral entre los muros de la sala de turbinas de esta central. Continúas con la visita: escaleras mecánicas, salas interactivas, exposiciones, Joseph Beuys, Umberto Boccioni… Y, al final, un ascensor: última planta. Al salir, Londres brilla al otro lado del cristal, como un espejismo en la noche. El edificio te devuelve la imagen de una ciudad que dejó atrás hace tiempo: el Támesis, la cúpula de Christopher Wren, un mar de gigantes de luz, piedra y cristal.

Plaza Nueva, Bilbao.

Plaza Nueva, Bilbao.

Torre de Embajadores de la Alhambra, desde el mirador de Morayma, Granada.
alhambra  

Torre de Embajadores de la Alhambra, desde el mirador de Morayma, Granada.

Atardecer en la playa de la Caleta, Cádiz.
la caleta  

Atardecer en la playa de la Caleta, Cádiz.

El atardecer en Amsterdam es lento, una despedida pausada. El sol se oculta pronto pero las últimas luces del día se aposentan entre los canales y, a contraluz, perfilan sus contornos. Reflejándose aquí y allí, de ventana en ventana, parecen no querer irse.
amsterdam  

El atardecer en Amsterdam es lento, una despedida pausada. El sol se oculta pronto pero las últimas luces del día se aposentan entre los canales y, a contraluz, perfilan sus contornos. Reflejándose aquí y allí, de ventana en ventana, parecen no querer irse.

Acantilados de Sopelana.
sopelana  

Acantilados de Sopelana.

A las puertas de Notredame con dos lienzos, en una tarde de junio, fue el punto de partida.
Con un amigo y su kit de pintura empecé dibujando la ciudad; al poco rato se acercó un grupo de chicas, celebrando la despedida de soltera de una de ellas, que querían ser retratadas; después fue una pareja venezolana en su viaje de luna de miel… Pasadas las horas, de madrugada, aún seguía dibujando, cerca de metro Jourdain, en un ático con más gatos que personas.
Cuando el lápiz se calló de mi mano sólo quedó brindar por el surrealismo de una ciudad y una tarde entre Midnight in Paris y Aristogatos Begins…
notredame  

A las puertas de Notredame con dos lienzos, en una tarde de junio, fue el punto de partida.

Con un amigo y su kit de pintura empecé dibujando la ciudad; al poco rato se acercó un grupo de chicas, celebrando la despedida de soltera de una de ellas, que querían ser retratadas; después fue una pareja venezolana en su viaje de luna de miel… Pasadas las horas, de madrugada, aún seguía dibujando, cerca de metro Jourdain, en un ático con más gatos que personas.

Cuando el lápiz se calló de mi mano sólo quedó brindar por el surrealismo de una ciudad y una tarde entre Midnight in Paris y Aristogatos Begins


Majestuosa escenografía de un expolio: Parthenon Gallery, 1939. British Museum, London.

Majestuosa escenografía de un expolio: Parthenon Gallery, 1939. British Museum, London.

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